viernes, 20 de mayo de 2011

Trampas para incautos

Yeniva Fernández
Trampas para incautos
Revuelta Editores, Lima, 2009, 100 páginas.

¿Es la literatura una trampa para incautos? Esta es la pregunta que moviliza el libro de Yeniva Fernández. Y, según se avanza en la lectura de sus cuentos, uno va entiendo que la pregunta tiene una sola respuesta, y esta es unánimemente afirmativa. Pero queda un detalle que no contradice esta perspectiva, sino más bien la enriquece. En la literatura los incautos son incautos sui generis. El incauto promedio es un imprudente, un crédulo y confiado; cae en las trampas por su despiste. Pero en la literatura el incauto es alguien con vocación de incauto, que se dirige a su propia trampa con conocimiento de causa y una sonrisa de felicidad incontrastable. He ahí, quizás, la belleza de la literatura: entregarse a una trampa como quien se entrega a los brazos de la amante o de nuestro dios particular.
Trampa para incautos es un libro de cuentos como los que cada vez más escasean. Un libro con un corpus, en el cual la individualidad de cada cuento gana en significados gracias al conjunto. Dos son las partes en que se divide el libro: Las trampas al mediodía y Las trampas de la neblina. Y, si se agudiza la mirada, se podrá hallar que estos títulos dan claros rastros sobre transparencia o sinuosidad de las historias relatadas.
Pero, si bien la estructura del libro es un logro estético, el mayor logro es la delicada pero a la vez fluida prosa de Yeniva Fernández. Y creo que comparto esta idea con Yeniva: el lenguaje es importante, pero, cuando su preciosismo relumbra en exceso, se le notan las costuras, sus parches y dobleces. De modo que, quizás, retomando lo postulado por Aristóteles en la Retórica, lo mejor sea encontrar un justo medio que enlace con precisión el lenguaje y su contexto. Vender papas en el mercado Central de Lima usando el modernismo de Rubén Darío sería algo completamente absurdo si lo que se quiere es vender papas. Yeniva ha entendido muy bien a Aristóteles, y su prosa es la adecuada para sus historias, pero no por ello deja de ser agradable y envolvente.
Y aquí quiero añadir un punto en contra del libro: a ratos su lectura se entorpece por erratas que bien pudieron ser evitadas con una rápida corrección de estilo. Si de esto tiene responsabilidad la autora, también la tiene la editorial. A veces la premura no es la mejor consejera para publicar un libro.

Las trampas a mediodía
            En esta parte de Trampas para incautos son dos los cuentos que destacan: Sierra norte y Gloria. Los restantes son correctos ejercicios, que quizás pudieron desarrollarse con mayor amplitud. Sin embargo, cumplen con su propósito: desconciertan, socavan, sacuden al lector. Parecieran breves escaleras para un descanso turbulento; son tal vez las escaleras que funcionan como pequeñas trampas que dirigen a una trampa mayor.
            Sierra norte es un juego de dobles, tópico del género fantástico al que se recurre una y otra vez a lo largo del libro, quizás para deslizar el vínculo entre lo real de la ficción y lo de real de la realidad. En Sierra norte no es gratuito que el personaje principal comience siendo enunciado como ella, para, después de unos párrafos, el mismo personaje firme su nombre, luego de haberlo olvidado por unos momentos: Rocío Pérez. No es gratuito porque Rocío llega a un pueblo en el cual la confunden con otra persona: Beatriz Morales. Y esta confusión despliega sus tentáculos hasta trastocar la esencia de Rocío, quien se sumerge en la confusión de los caminos paralelos y/o convergentes.
            Gloria es una suerte de cuento policial. El personaje principal, Renato Pasache, es un aficionado a la crónica roja, pero también un diletante de la música clásica y del expresionismo italiano. Estos gustos lo empujan a recortar imágenes sangrientas de los periódicos, y enamorarse perdidamente de una bella compañera de trabajo. La sangre salpica en el lector cuando Renato no puede detener el estallido que origina el encuentro de sus placeres; y esta misma sangre ahoga a Renato, quien descubre que la belleza encierra cuotas de monstruosidad y viceversa.

Las trampas de la neblina
            En esta otra parte del libro sucede lo mismo que en la anterior: son justamente los cuentos que abren y cierran el subconjunto los que destacan.
            Una calle es quizás el cuento más inquietante de todo el libro. El argumento es sencillo, pero no por eso carece de reverberaciones significantes. Y he aquí algo muy importante a rescatar: no necesariamente lo críptico es sinónimo de profundidad, como tampoco lo sencillo es sinónimo de simpleza. En Una calle, el personaje narrador ha resbalado en un evento inexplicable: cuando caminaba leyendo con pasión un libro, ingresó a una suerte de mundo paralelo que, aunque comparte un trozo de geografía con el nuestro, se diferencia por estar del todo despoblado, salvo por cinco personas que se alimentan de basura y parecen haber olvidado el tiempo.    
            Una sufrida eternidad logra un efecto estético poderoso por la sutil herramienta que emplea: en sus primeras páginas acontece una historia anodina, que implica las confusiones sentimentales de una joven que, de pronto, y casi solo guiada por la presión social, abandona el hogar paterno para independizarse en un espacio propio. Se exhibe las conductas usuales en esta clase de circunstancias: la joven visita a sus padres los fines de semana, los llama por teléfono porque no se acostumbra a la distancia; los padres a su vez la esperan con alegría y, aunque les aflige, les entusiasma también el hecho de que su hija está componiendo su individualidad.
            Pero el desarrollo de las acciones se teje de tal modo que, sin la brusquedad de ninguna revelación súbita, el lector se encuentra con la sospecha de que la joven estuviera siendo reemplaza por una doble invisible. Las pistas se van sucediendo, pistas que incrementan su sugestión por el silencio que las envuelve. En Una sufrida eternidad el doble no es monstruoso por su calco fiel del original; el doble es monstruoso por las suposiciones que despierta, por la estela de su andar, por lo que, en el caso de una película, asumiríamos como lo que está fuera de la pantalla.

Trampas para incautos
            Creo haber caído en la trampa desde hace muchos años atrás. Y el libro de Yeniva me ha empujado nuevamente en la trampa. Ojalá cada libro que llegara a nuestras manos sea no solo una invitación, sino también un empujón a la reconfortante trampa de la literatura.
            Gracias a su universo de dobles, de revelaciones misteriosas, de ebulliciones fantásticas, Trampas para incautos es un invitación al placer de la lectura, una pócima para el rejuvenecimiento de nuestras letras, un palito que pisamos, una red que nos captura, una sonrisa de complicidad hacia nuestro propio cazador.

Julio Meza Díaz


Por cortesía de la autora puedes descargar dos cuentos de Trampas para incautos (Sierra norte y Esa oscuridad que regresa) presionando en el siguiente link: